La Maternidad transformó mi Sādhana
- Elena Gómez

- 30 jul
- 3 min de lectura
Antes de convertirme en mamá, pensaba que mi sādhana —la práctica espiritual que cultivamos día a día para transformar nuestra conciencia— sucedía principalmente sobre el tapete de yoga: durante mi práctica de asanas, en la meditación, a través del pranayama o al elegir conscientemente los alimentos con los que nutría mi cuerpo. Hoy, como mamá de un niño de 18 meses, comprendo que mi práctica más profunda comienza cuando mi hijo despierta cada mañana y continúa hasta que, al final del día, lo acompaño a dormir. La maternidad me ha enseñado que mi sādhana no depende del lugar donde se practica, sino de la presencia, la intención y la conciencia con las que vivimos cada acción cotidiana.
Para mí, la crianza es una expresión viva del Karma Yoga, el yoga de la acción desinteresada. Mis días están compuestos por innumerables actos de servicio: preparar alimentos, limpiar, cargar, consolar, jugar, acompañar, cambiar pañales, atravesar noches de poco sueño y, aun así, despertar con la disposición de volver a empezar. Son acciones repetitivas, muchas veces invisibles y realizadas sin esperar reconocimiento. Sin embargo, cuando las vivo desde el amor en lugar de la obligación, dejan de sentirse como tareas y se convierten en una práctica espiritual.
Mi hijo no es consciente del esfuerzo que implica cuidar de él, y tampoco necesita serlo. Su amor no depende de todo lo que hago por él, sino de la presencia, la seguridad y el vínculo que construimos cada día. Comprender esto me ha permitido acercarme al verdadero sentido del Karma Yoga: actuar sin apego al resultado. No cuido esperando gratitud, validación o reconocimiento; cuido porque servir también es una forma de amar.
La maternidad también ha despertado en mí una nueva comprensión del Bhakti Yoga, el camino de la devoción. Antes asociaba la devoción con rituales, ceremonias o prácticas contemplativas; hoy la encuentro en los gestos más sencillos de la vida diaria. Hay devoción en preparar una comida nutritiva, en sostener a mi hijo durante una noche difícil, en responder con ternura cuando el cansancio me invita a reaccionar de otra manera o en elegir permanecer presente incluso en los días más desafiantes. He descubierto que el amor incondicional no siempre se manifiesta como una emoción intensa; con frecuencia se expresa como la decisión consciente de ofrecer presencia, paciencia y cuidado, una y otra vez.
Uno de los mayores regalos que me ha ofrecido la maternidad ha sido transformar la relación con mi propio cuerpo. Después del embarazo y el parto, mi cuerpo cambió de maneras que nunca había experimentado. Durante un tiempo sentí el deseo de "recuperarlo", como si existiera una versión anterior de mí a la que debía regresar cuanto antes. Sin embargo, el yoga me invitó a cuestionar esa idea y a mirar mi cuerpo desde un lugar completamente distinto.
A través de Ahimsa, el principio de la no violencia, comprendí que el camino de regreso no tenía por qué construirse desde la exigencia, la culpa o la inconformidad. Mi cuerpo no necesitaba ser corregido; necesitaba ser escuchado. En una cultura que constantemente nos invita a borrar las huellas de la maternidad lo antes posible, el yoga me enseñó a elegir un camino diferente: acompañarlo con movimiento consciente, descanso, paciencia y compasión. Comprendí que cuidar de mi cuerpo también era una forma de honrar el proceso que había vivido y de practicar la no violencia hacia mí misma.
Cada práctica se convirtió en un diálogo con mi cuerpo. Aprendí a reconocer sus nuevas necesidades, a respetar sus tiempos de recuperación y a agradecer profundamente todo aquello que había sido capaz de hacer y que sigue haciendo. Dejé de verlo como un cuerpo que había perdido algo para comenzar a verlo como el cuerpo que gestó, dio vida, alimentó y continúa sosteniendo a otro ser humano cada día.
Hoy comprendo que volver a mi cuerpo no significa regresar a quien era antes del embarazo. Significa aprender a habitar con amor a la mujer en la que me he convertido. El yoga me ha enseñado que sanar no consiste en volver atrás, sino en abrazar cada transformación con aceptación, amabilidad y profunda gratitud. Quizá esa sea una de las enseñanzas más valiosas que la maternidad ha incorporado a mi sādhana: comprender que la práctica no busca devolvernos a una versión anterior de nosotros mismos, sino acompañarnos con conciencia y compasión en cada etapa de nuestra evolución.
La maternidad me enseñó que el yoga no se mide por el tiempo que paso sobre el tapete, sino por la forma en que respondo a la vida. Hoy comprendo que el yoga no se limita a las asanas, sino que se revela en la manera en que respondemos a la vida: respirando antes de reaccionar, abrazando la incertidumbre con paciencia y eligiendo el amor incluso cuando el cansancio parece ocuparlo todo.





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